sábado, 10 de noviembre de 2012

Me repetía a mí misma: ya no somos los mismos. Ya no debía afectarme esa amistad perdida, aunque en el fondo pensaba que todo podría volver a ser igual... si se daba la ocasión. Pero ahora, casi seis años después de haberle conocido, encuentro papeles del pasado que me llegan como palomas mensajeras. Cartas que le escribí, con mi forma de ser plasmada en ellas. Ya no somos iguales. Sé con certeza que al menos yo ya no soy la misma niña. Veo el paso del tiempo y como se va fraguando la madurez. Me sorprendo de mi cambio, me enorgullezco de mí misma. Seis años más tarde puedo sentirme liberada y bien conmigo misma. Realmente ya no soy esa niña, no pienso igual, no reacciono igual ante las cosas... ni siquiera me expreso igual que antes. Te creías tan mayor, a tus quince años, ahora ves que el tiempo lo cambia todo. Incluso a ti. Hoy puedes afirmar que no eres la misma, que has cambiado, casi mutado. Hace tanto de todo ello que casi queda una huella invisible.

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