jueves, 8 de noviembre de 2012
Los sueños sacan a relucir nuestros temores más ocultos. O eso dicen. Yo los conozco aunque procuro evitar pensar en ellos, pero esta noche la almohada se ha metido en mi cabeza y me ha llenado el cerebro de plumas. Pesadilla, drama, temblor. He procurado remontar el día pero hace tanto frío... sigo entre estas paredes esperando a poder vivir. Sigo helada, frágil y con un nudo en el estómago. Los nudos en la garganta son para angustias menores. A mí se me revela el estómago, pide un descanso y grita que quiere reventar. Así, vacío como quisiera que estuviera mi cerebro, me recuerda que hay que tener miedo. Y lo cierto es que odio tener miedo, no te deja ser feliz. ¿Estar contento? sí. Pero ser feliz te deja a intervalos.
Cuando sientes ese miedo todo se magnifica, una llamada parece la salvación, corres como puedes intentando alcanzarla. Deja de sonar. Sientes que el corazón late rápido en tu pecho y piensas... que la próxima vez correrás más. Piensas cientos de alternativas pero la realidad es que se te ha escapado.
Regresas a tus cuatro paredes, donde parece que el tiempo no pasa. Sólo te queda la opción de escribir, parece que las penas son menos.
El tiempo es tan caprichoso...
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