jueves, 27 de diciembre de 2012
miércoles, 19 de diciembre de 2012
Nunca pensé que una sonrisa tuya pudiera hacerme llorar. Después de algo más de una hora con los labios en un mohín de amargura has sonreído. Me he encontrado a mí misma sorprendida, emocionada, hasta tal punto que las lágrimas empezaban a aflorar y he tenido que volver la cara. Odio estas lágrimas porque me han empañado los ojos y no me dejaban verte, ver esa sonrisa tan preciosa. Tan valiosa. Esa que se había escondido en una cueva, temerosa de salir porque afuera todo es tempestad. La mía, fuera de la cueva, aguanta el diluvio como puede. A veces se ahoga, necesita respirar pero las olas la sepultan... pero siempre sale a la superficie. Porque no van a robarme tu sonrisa, la mía la guardará y protegerá con ahínco desde fuera, en regiones non gratae.
Mis lágrimas ya se han secado y solo queda la determinación de luchar por lo que más me importa. Algún día (siempre esas dos palabras, tan indeterminadas, tan lejanas) yo misma atraeré a tus sonrisas y a tu felicidad de la misma forma en que te atraje a ti.
En efecto, del mismo modo en que ahora la tempestad no amaina, algún día se ahogará en sus propias aguas.
martes, 11 de diciembre de 2012
Todo esto es culpa del invierno, ha de serlo. Es el responsable de mi apatía, del frío que recorre mis venas helando mi pensamiento y recubriendo cada minuto de mi vida de escarcha (una escarcha tan densa que distorsiona mi realidad). Es el responsable de cada ápice de preocupación. Preocupación...¿por qué? ni yo misma tengo idea. Solo sé que hay una neblina de preocupación bloqueando mi cerebro, apretando mis ideas y haciéndolas estallar. Es un malestar que abrasa mis entrañas con puro frío.
Una cárcel de témpanos de discordia, de imágenes retorcidas retozando en mi cabeza, de recuerdos deformes. Es...¿qué es? una sensación maleable (que no endeble), que perdura, que no adquiere forma ni significado pero que se desliza por cada recoveco de mi ser. Está, aunque no se muestra ni tan siquiera ante mí.
El alma del invierno quiere meterse en mi corazón, siendo este más cálido que toda la frialdad del mundo exterior al que ha sido confinado. Bien. Pues en mí no encontrará un anfitrión. Aún queda mucha leña por echar al fuego.
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