miércoles, 19 de diciembre de 2012
Nunca pensé que una sonrisa tuya pudiera hacerme llorar. Después de algo más de una hora con los labios en un mohín de amargura has sonreído. Me he encontrado a mí misma sorprendida, emocionada, hasta tal punto que las lágrimas empezaban a aflorar y he tenido que volver la cara. Odio estas lágrimas porque me han empañado los ojos y no me dejaban verte, ver esa sonrisa tan preciosa. Tan valiosa. Esa que se había escondido en una cueva, temerosa de salir porque afuera todo es tempestad. La mía, fuera de la cueva, aguanta el diluvio como puede. A veces se ahoga, necesita respirar pero las olas la sepultan... pero siempre sale a la superficie. Porque no van a robarme tu sonrisa, la mía la guardará y protegerá con ahínco desde fuera, en regiones non gratae.
Mis lágrimas ya se han secado y solo queda la determinación de luchar por lo que más me importa. Algún día (siempre esas dos palabras, tan indeterminadas, tan lejanas) yo misma atraeré a tus sonrisas y a tu felicidad de la misma forma en que te atraje a ti.
En efecto, del mismo modo en que ahora la tempestad no amaina, algún día se ahogará en sus propias aguas.
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